The Division, nadie es perfecto

Vamos a hablar sobre el elefante en la habitación. El mensaje de fondo de The Division es profundamente reaccionario, hasta rayar lo fascista. Primero, porque presupone que en caso de que un evento catastrófico sacuda la sociedad, ésta se convertirá sin remedio en una pesadilla hobbesiana. El camarero que te ponía el café entre gruñidos, la cajera del supermercado que te sonreía con desgana todos los sábados, y por supuesto ese taxista cuyo mayor peligro era que tuvieras que vender un riñón para pagar la carrera… todos los que conoces se convertirían de la noche en la mañana en peligrosos saqueadores armados hasta los dientes. Se dedicarán a robar, traficar con drogas y armas, asesinar policías, canibalizar a sus semejantes, fabricar napalm… especialmente si son negros y llevan sudadera con capucha. Como contrapunto están los que querrán mantener el orden, eso sí, a base de achicharrar, lanzallamas en ristre, a todo el que se les cruce, para así contener la infección que ha puesto de rodillas la ciudad de Nueva York. Y no nos olvidemos de los soldados pasados de rosca, aunque cuesta ver la diferencia entre esos milicos de gatillo fácil y el comportamiento del jugador.

A lo mejor esta visión es realista, y pensar que a la gente le podría dar por mantener la calma e intentar colaborar para minimizar el impacto de la catástrofe son fantasías de hippy comeflores. Además, no tendríamos la mayoría de los juegos si Rousseau tuviera razón. Sin embargo, lo que ya desprende un innegable tufillo fascistoide es la reacción ante la crisis: ¿cuál es la respuesta cuando nuestra civilización está en peligro? Científicos, líderes comunitarios, médicos, el imperio de la ley, ayuda humanitaria… Monsergas, la respuesta más lógica es un grupo de combatientes de élite que esperaban en secreto camuflados como ciudadanos normales. Como dice la línea publicitaría del juego, “cuando la sociedad cae, surgimos”. Fusil en mano se dedicarán a limpiar la ciudad de la chusma saqueadora.

-Un par de negros acuclillados haciendo Dios sabe qué…

– Apunta a la cabeza que hace más daño.

-Pero es que no están haciendo nada malo.

– Algo habrán hecho.

– Podríamos detenerles y juzgarles.

– (Suspiro) Mariquita.

Creo que si queremos que los videojuegos sean considerados como cualquier otro producto cultural y objeto artístico, tenemos que empezar a juzgarlo con la misma severidad que la crítica “seria” aborda una película, libro, composición musical, obra teatral, etc. Y no creo que sea casualidad que tantos productos culturales –el videojuego incluido- intenten con mayor o menor sutileza vendernos la idea de que la única respuesta a la violencia es la violencia, inscrito dentro de la tendencia a proporcionar supuestas soluciones fáciles a problemas complejos. A nadie se le escapa que este intento de infantilización del público está en consonancia con el discurso político imperante ante diversos desafíos a los que nos enfrentamos.

Dicho todo esto… ¿y a mí qué? Estas objeciones ideológicas no deberían restarle ni una décima a la valoración de The Division. Existen infinidad de producciones culturales que defienden tesis repulsivas, pero no por ello les quitan calidad artística. No me apetece darle a la cabeza para poner media docena de ejemplos, así que voy a tomar el camino más fácil y poner el definitivo: El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl. Es un documental propagandístico con motivo del congreso del Partido Nacional Socialista en Nurenberg en 1934, donde Hitler recibe tratamiento a medio camino entre héroe y dios. Es una puta obra maestra.

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Otro problema adyacente es la manida disonancia ludo-narrativa. Somos el último bastión de la ley y nos dedicamos a masacrar malotes sin ton ni son. Completamos todas las misiones y establecemos una base de operaciones perfectamente equipada, pero las calles siguen siendo zona de guerra exactamente igual que el primer día. Por cierto, una pandemia ha arrasado la ciudad y el Estado ha perdido el control, pero por el aspecto de las calles se pensaría que todas las posibles causas del Apocalipsis se han dado a la vez (cuando doblo una esquina casi espero ver aparecer a un escriba de la Hermandad del Acero en servoarmadura). Pero minusvalorar The Division por estos problemas narrativos es injusto, debido más a la animadversión hacia Ubisoft que a criterios objetivos. Seamos sinceros: si midiéramos por este mismo rasero todos los juegos, prácticamente ninguno pasaría el corte. A saber, Miyamoto tiene un Príncipe de Asturias y la narrativa de los Mario no es precisamente Shakespeare en estado puro.

Entonces, ¿por qué merece la pena jugar a The Division? Porque es muy divertido. Los tiroteos, que son el corazón de juego, son muy satisfactorios, gracias principalmente a un sistema de coberturas bien pensado e implementado. La inteligencia artificial de los enemigos tiene fallos puntuales, pero en general mantienen el tipo y actúan de forma coordinada: los francotiradores te mantienen a raya mientras otros intentan flanquearte y usan granadas para sacarte de la cobertura. El grado de dificultad está muy bien ajustado, ya que no se rinde a la facilidad extrema que suele reinar en los juegos actuales, pero si haces caso a las indicaciones de niveles en ningún momento se llega a sentir frustración.

DV6Las misiones secundarias son realmente repetitivas, y sólo se sostienen gracias a las ya mencionadas bondades del sistema de tiroteos. Las que brillan de verdad son las misiones principales. De acuerdo, todas son vete a tal sitio y cárgate a todos los malosos, pero el variado diseño de escenarios hace que cada misión se convierta en una experiencia muy gratificante. El problema es que las 17 misiones principales se quedan un poco cortas y la solución propuesta por los diseñadores (repetirlas con mayor grado de dificultad para conseguir mejor equipamiento) difícilmente lograrán mantener el interés a largo plazo. Esperemos que las sucesivas ampliaciones previstas mantengan el nivel de calidad y aumenten un contenido que de salida se queda un poco corto.

La otra gran baza de The Division para enganchar a los jugadores es la pátina de roleo en la progresión del personaje, a base de conseguir y construir mejores armas y equipamiento. Aparte de mejorar una de las tres características principales (daño, vida y uso de las habilidades) todo el equipamiento ofrece una serie de bonus a diversas características, por lo que se puede emplear un buen tiempo en combinar distintas piezas para adaptarlas a nuestro estilo de juego. Además, existen una serie de habilidades de las que sólo podremos equipar tres (cuando alcancemos el nivel máximo de 30); la decisión de que habilidades llevar, especialmente en combinación con las del resto de miembros del equipo, le dan al juego un cierto componente táctico nada despreciable.

Donde The Division brilla más es jugándolo en colaborativo con amigos o desconocidos, y el juego se preocupa de que sea muy fácil formar un grupo. Pero esto no quiere decir que no se pueda jugar en solitario, de hecho la única actividad imposible de acometer sin colaborar con otros son las misiones diarias en modo desafiante, el resto del contenido es perfectamente abordable. Sin embargo, como en tantos juegos concebidos con el multijugador en mente, la experiencia es mucho más divertida abordando las misiones junto a otros jugadores.

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Mención aparte merece la zona oscura. Esta es una parte acotada del mapa donde se puede entrar desde el primer momento, pero está pensada fundamentalmente para los jugadores de niveles más avanzados. Aquí los enemigos son más poderosos, con la consiguiente mejora de las piezas de equipo que se pueden conseguir. Pero lo que le da el verdadero sabor a la zona oscura es que es un área de PvP libre. Cualquier jugador puede atacar a otro en cualquier momento. A esto se suma la ingeniosa mecánica por la que el equipamiento obtenido en esta área no se puede sacar directamente, si no que hay que extraerlo en helicóptero en determinadas zonas. ¿Resultado? Que una extracción sea un reclamo para los buitres en busca de rapiña, por lo que la tensión y los momentos dignos de recordar están servidos.

Filias y fobias sobre Ubisoft aparte, The Division es un juego que merece la pena, divertido y gratificante, que sienta las bases para algo realmente importante si no decepcionan la cantidad y calidad de las futuras ampliaciones. Cierto que el argumento –y como casa con las mecánicas jugables- va de lo deficiente a la basura pura y dura. Se puede ver como una oportunidad perdida para hacer un gran juego, o simplemente remitirnos a la sabiduría de Osgood Fielding III, ya que “nadie es perfecto”.

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